jueves, 2 de julio de 2009

Año sacerdotal

A tono con la declaración del Papa Benedicto XVI de "Año sacerdotal" para la Iglesia a este año 2009-2010, la Biblioteca ha incorporado un librito de San Juan María Vianney para ir preparándonos.

INTRODUCCIÓN

"Su ejemplo no debería caer en el olvido. Hoy más que nunca tenemos necesidad de su testimonio y de su intercesión, para afrontar las situaciones de nuestro tiempo en que, a pesar de algunos signos esperanzadores, la evangelización está dificultada por una creciente secularización descuidando la ascesis sobrenatural, perdiendo de vista las perspectivas del Reino de Dios, y donde a menudo, incluso en la pastoral, se dedica una atención demasiado exclusiva al aspecto social y a los objetivos temporales. El Cura de Ars debió afrontar en el siglo pasado dificultades que posiblemente tenían otro cariz, pero que no eran menos grandes. Por su vida y por su actividad, él representó, para la sociedad de su tiempo, un gran reto evangélico que ha dado frutos de conversión sorprendentes. No dudamos de que él nos ofrece todavía hoy ese gran reto evangélico".

Estas palabras que pertenecen al recordado Juan Pablo II en su carta del Jueves Santo de 1986, son las que nos animan en estas líneas, junto con "la viva esperanza de que San Juan María Vianney pueda suscitar en todo el mundo una renovación de fervor entre los sacerdotes y entre los jóvenes llamados al sacerdocio, y consiga también atraer, más viva y operante, la atención de todo fiel hacia los problemas que se refieren a la vida y al ministerio de los sacerdotes", en el decir de Juan XXIII.


"San Juan María Vianney. Santo Cura de Ars" Juan Ramón Celeiro. Editorial Santa María.

lunes, 29 de junio de 2009

La propuesta de Benedicto XVI para la cultura: “Reza, trabaja… y lee”

31 de Mayo de 2009

(Zenit) - Benedicto XVI ha presentado en un lema la clave para volver a humanizar la sociedad y la cultura: “Ora et labora et lege”: “Reza, trabaja y lee”, constata el portavoz de la Santa Sede.

El padre Federico Lombardi S.I., director de la Oficina de Información de la Santa Sede, pide no descuidar la “perenne actualidad” del mensaje de san Benito de Nursia, que propuso el Santo Padre al visitar el 24 de mayo la abadía de Montecassino, fundada por el patriarca del monaquismo occidental.

En su editorial del último numero de “Octava Dies”, semanal del Centro Televisivo Vaticano, el padre Lombardi profundiza en los elementos del eslogan: ante todo la oración, que hace presente “el primado de Dios y de Jesucristo en la vida persona y comunitaria. Después el trabajo: el cansancio cotidiano que hay que humanizar y espiritualizar, descubriendo y respetando el valor y el orden de la creación. Por último, la lectura, es decir, la cultura y la educación”.

“A decir verdad, todos nos acordábamos desde siempre del ‘ora et labora”, pero no todos teníamos presente el tercer elemento: ‘et lege’, es decir, ‘lee, estudia’. No es casualidad que sea precisamente el Papa Benedicto quien nos lo ha señalado, un Papa en el que la síntesis entre oración, servicio y cultura se presenta no sólo como mensaje, sino antes aún como testimonio personal”, afirma el portavoz.

El padre Lombardi cita el “gran discurso” al mundo de la cultura de París, cuando el Papa mostró cómo la “búsqueda de Dios fue la fuerza originaria del crecimiento de la cultura europea en sus diferentes dimensiones”.

“En Montecassino ha retomado el discurso y, hablando del archivo y de la biblioteca de la abadía de san Benito, dijo que ‘recogen innumerables testimonios del compromiso de hombres y mujeres que han meditado y tratado de mejorar la vida espiritual y material del hombre’. También por este motivo, tras 1.500 años y cuatro destrucciones de Montecassino sigue teniendo algo muy importante que decirnos”.

“Lee, estudia”, concluye el portavoz. “No basta navegar y hacer clic o zapping, o copiar y pegar sin cesar. Pues de ese modo no quedará nada ni para ti ni para los demás”.

Fuente: http://www.datum.org.ar

jueves, 25 de junio de 2009

Libros y más libros


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martes, 2 de junio de 2009

Desapareció una noche


Desapareció una noche cuenta la historia de un investigador privado encarnado por Casey Affleck , quien junto a su pareja (Michelle Monaghan) son contratados por la familia de una niña que ha desaparecido misteriosamente. Deben trabajar en conjunto con otra pareja de detectives (a uno de ellos lo interpreta Ed Harris) y un capitán de la policía (Morgan Freeman) que lo que menos quieren es interferencia de afuera. A medida que se van adentrando en la investigación, el asunto se irá poniendo cada vez más espeso y las perspectivas serán cada vez menos esperanzadoras.
E
s una película de enorme complejidad moral, que sirve para generar el debate respecto de muchas cuestiones que se van planteando.

Ver trailer

martes, 19 de mayo de 2009

Una apuesta por América Latina


El libro: La conclusión de la Guerra Fría y del mundo bipolar de Yalta dejó obsoletos muchos marcos mentales. “Sociologías de la modernización”, “teoría de la dependencia”, “teología de la liberación” y estrategias revolucionarias no están más a la orden del día. También se resquebrajan los paradigmas neoliberales ortodoxos del “consenso de Washington” difundidos desde comienzos de la década de 1990.

El objetivo de este libro es proponer algunas claves de comprensión, juicio y prospección acerca de América latina, considerada en  su actual realidad “global”. Y percibir las tendencias de desarrollo emergentes a partir del viraje histórico de los años 1989-1992 así como las decisivas inflexiones tras el atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001.

El autor: Guzmán Carriquiry nació en Montevideo, Uruguay, en 1944. Es Doctor en Derecho y en Ciencias Sociales. Reside en Roma desde 1972, y trabaja en el Vaticano al servicio de la Santa Sede. Fue también el primer laico nombrado Subsecretario en la Santa Sede durante el pontificado de Juan Pablo II, responsabilidad que desempeña actualmente. Es autor de varios ensayos y publicaciones sobre diversos temas de historia de América latina, su realidad actual, y de cuestiones religiosas.

Entrevista a Guzmán Carriquiry en catholic.net

lunes, 4 de mayo de 2009

Un contrabando en el Cielo

Haciendo Dios un día
la visita en el cielo acostumbrada, 
notó que cierta gente no tenía 
una faz suficientemente pura,
y que se hallaba como avergonzada 
con esas almas de inefable albura.


A San Pedro -se dijo- qué le pasa? 
Tal vez su edad no escasa
el carácter le habrá debilitado;
preciso es sermonearle al descuidado 
guardián; que se le llame. . . Y al instante 
en raudo y limpio vuelo,
un ángel fue y hallólo bien sentado, 
y con el ojo alerta,
muy tranquilo en el suelo, 
al lado de la puerta:

"Yo vengo, San Pedro a reemplazarlo 
un momento siquiera,
pues el buen Dios lo quiere interrogar''.
Y San Pedro corrió, y con severa 
actitud, el Señor lo reprendió 
diciéndole: "No, no!
esto no puede ser, tú estás dejando 
entrar gente manchada
a esta mi pura celestial morada".

"Me confundes, buen Dios", respondió Pedro,
"pues yo vivo en la puerta siempre en vela, 
como perenne y listo centinela,
y a pesar de mi edad tan avanzada, 
no se me pasa, por descuido nada; 
créeme, buen Señor; no soy culpable, 
pues yo soy en mi puesto inexorable,
y ningún muerto ha entrado a esa corte 
sin traer el debido pasaporte".

"Cálmate", dijo Dios; "probablemente 
se nos está engañando. Mira abajo, 
¿conoces esa gente?"
"Oh mi buen Dios, te digo francamente: 
Jamás por mí fue vista,
que no están en mi lista,
que no son en verdad de nuestro bando; 
y que indudablemente
aquí se me está haciendo contrabando;
pero yo te prometo, buen Señor,
coger pronto al traidor;
y de no, con dolor del alma mía , 
te renuncio, Señor, a la portería".

San Pedro echó después con gran cuidado 
mil vueltas a las varias cerraduras,
y cuando estuvo bien asegurado
de que no había rendija ni aberturas 
por donde penetrar pudiera un alma; 
y estando ya la noche un poco entrada 
se sentó en plena calma
a vigilar la celestial portada.

Más, ¡oh gran maravilla! De repente 
y sin saber por dónde, cómo y cuándo
vio que una intrusa gente
al cielo y de rondón se iba colando. 
San Pedro entonces, inmediatamente 
mandó llamar a Dios para que viera 
lo que estaba pasando,
y cuando hubo llegado, el buen portero 
le hizo señas a Dios que se escondiera 
allí, sin hacer ruido y que tuviera
oído agudo y ojo muy certero.

Y qué cuadro el que vieron, ¡admirable! 
Por fuera del recinto habían quedado 
muchas almas que Pedro, inexorable, 
había en su puerta rechazado
porque no habían traído al paso 
el pasaporte íntegro y cumplido 
y esas almas tan tristes exhalaban 
tan amargos gemidos 
y quejas de tan gran melancolía, 
que la Virgen María,
de ellas compadecida y no sufriendo 
que en vano así esa gente la implorara, 
a los muros del cielo se subía
y desde allí, creyendo
que por la noche nadie la veía, 
uno a uno iba alzando
con intensa alegría,
haciendo así a San Pedro contrabando.

Como San Pedro ya se vio triunfante, 
probada su inocencia,
al buen Señor le dijo muy campante:
"Al menos le hará Usted una advertencia!"
Más el buen Dios que había reconocido 
de los muros del cielo, allá en la altura 
a su Madre, tan dulce, pura y bella,
le respondió con sin igual dulzura: 
"Para qué? Tú sabes cómo es Ella!"

Eusebio Robledo Correa 

El perro bonachón

Se conoce que aquel día Moro, el perrazo barcino, se levanto con la mala, porque no recordó que se había recostado a descabezar el mal humor contra la puerta del escritorio, de modo que al salir el patrón apurado recibió un portazo jefe y encima una patada furibunda que le envió a quemarse una pata –la pata renga precisamente- contra la plancha que la muchacha había posado en el suelo.

 

Lo único que le faltaba era pintarse de verde la pelambre barcina contra las tinas nuevas recién pintadas. Y efectivamente. Y entonces tuvo que aguantar sin matar a nadie ni morirse de rabia la risa de toda la perrería y gaterío de la estancia, de todos los cachorros, cuzcos, gatas, ratoneros, lanudos, perdigueros –hasta de Tom Faldero, el juguete de la niña, un perrito con cascabel de oro que a él lo reventaba, uno de esos que tiene muy buena educación, pero les falta la delicadeza-, ante los cuales tuvo que desfilar hecho una lástima. Se fue a un rincón, se tiró al suelo, y le dieron tanta amargura aquellas risas, que escondió la cabeza entre las patas y se puso a llorar.

 

-Por tercera vez-dijo-. Maldita sea. Animate Moro, que con todos tus años y tus méritos estás haciendo aquí un papel de primer orden. Vos hacé bien a todos y estáte dispuesto a morir en su defensa; no tengas en tu boca un palabra mala contra nadie en la vida de Dios; sé bondadoso y manso, reposado y dulce, no te metas con nadie, viví con vos solo, no dañes; y no se van a acordar de vos más que para tenerte a los tirones, como maleta de loco, y para reírse de vos si te pasa el menor percance, con risas satisfechas que parecen venganza de su inferioridad.

 

El bestia soy yo de hacerme malasangre por ellos, y que me duela tanto, velay, que me aflija de esa suerte; pero me duele, sí señor, me duele, y me revienta y no lo puedo evitar. Es claro que si yo hubiese descostillado un cuzco, o muerto una gata una sola vez no más, jamás volverían ni a resollar en mi presencia.

 

De sobra los conozco yo. ¿Por qué tiene como un rey a Tigre? Pero ésa es mi suerte condenada. Yo sé que los parto en zanja si quiero, empezando por Tigre: o les puedo dar por lo menos un buen mordisco pérfido donde les arda, cuando yo quiera. Pero aquí está lo peor y lo que me da más rabia: que yo se también que no se los voy a dar; y es mejor que ni lo piense…

 

Levanto la enorme cabezota buena y paseó por el patio asoleado, donde escarbaban las gallinas y piaban gorriones y jilgueros, los ojos llenos de amargura.

 

-Dios me hizo de miel –a pesar de estos dientes y de estas patazas y de este aire de tragachicos- y me comerán toda la vida las moscas. No hay que darle vueltas tampoco. Es mi destino. A Tigre le vana decir siempre señor Tigre, porque tuvo la suerte de tener mal genio, de ser desgraciado, gruñón, insolente e insoportable desde el vientre de su madre; y a mí me dirán Rengo. Mire usted: yo me llamo Moro. Yo soy rengo. Yo creo que tengo algunas otras cualidades en mi además de la renquera; y hasta puede ser alguna cualidad buena. Pero no señor, a mi no me han de llamar Moro, ni Barcino, ni Diligente, ni Bravo, ni Leal, ni Abnegado. Me han de llamar Rengo. “Che, Rengo”. ¡Rengo! Si yo no hubiera sacado media pantorrilla al ladrón de la carabina, ahora no estaría rengo, pero el hijo del patrón tampoco estaría vivo. ¿Dónde estaban ellos entonces por si acaso? Debajo de la cama al primer estampido, sin alientos para ladrar tan siquiera…

 

Ahí esta lo malo; que yo sólo sirvo para los trances gordos: cuando entran ladrones, para cazar el aguará y el pecarí, y para parar rodeo; pero el rodeo se para y el aguará se caza una vez al año; y todo lo demás del año, yo estorbo en casa. Las grandes ocasiones son pocas y ellos sirven para cada momento: uno para cazar perdices, otro para cazar ratones, uno para divertir a los chicos, otro para hacer fiestas a los grandes, que es cosa que yo no sé, ni puedo ni podré nunca hacer.

 

¡Velay! ¡Fiestas a los grandes! ¡Mordiscos necesitan!

 

Así son los hombres: Moro está aquí para si vienen ladrones; entonces Moro es el único, el gran hombre; pero Si no vienen ladrones –precisamente porque Moro está aquí-, entonces Moro es un incordio. Porque Moro es distraído y no sabe de modales: tropieza con todos y se va a tumbar a los rincones que están ocupados y no sabe hacer fiesta. ¿Y yo que obligación tengo de saber eso, últimamente? Había un hombre que sabia pintar como los ángeles, Miguel Ángel que se llamaba; el Capataz de el, que se llamaba el Papa, dicen que lo reprendía porque era desgalichado y no sabia de cortesías y andaba con el sombrero puesto; y que el decía: “¿Por qué demonios tengo que aprender yo esas ceremonias si estoy ocupado en otras cosas? Sacarse el sombrero y hacerle fiestas, el Papa tiene muchos que lo saben hacer mejor que yo: pero pintar mejor que yo, tiene muy pocos. Entonces que me deje pintar como y cuando a mi me acomoda, hombre”. Yo no se como el patrón, que es el que contó este hecho, no se fija que, salvando la distancia, a mí me pasa un poco lo mismo, y no me compra una perrera y me deja solo en el fondo del jardín, canarios… o me pega un tiro para acabar de una vez, si es que no me necesita… ¿Y esto lo llaman educación y a mi me llaman grosero? No hay mas educación que tener buen corazón, y ser brusco y descuidado al hacer buenas obras a todos, y todo lo demás no diré que sean pamplinas, pero no valen una chaucha –no señor, esas etiquetas mujeriles, ni una chaucha-, en comparación de esto otro, y si le falta esto otro…

 

Así gruño el Moro. Y mire usted que cosa. Resulta que estas mismas amargas reflexiones, en vez de exacerbarlo, lo calmaron poco a poco y al rato se encontró sereno y dueño de si como antes. Porque el bicho que esta convencido de que el hace bien a todos, tiene en el fondo del mar de su corazón un pilote clavado en forma, a donde puede agarrarse con las dos manos cuando viene la tormenta, que aunque sea de ola como esta casa no hay miedo que lo desprenda.

Castellani, Leonardo. Camperas. Ed. Vórtice